jueves 19 de noviembre de 2009
miércoles 18 de noviembre de 2009
Miniaturas
Un dia desapareci. Lejos, mas libre, busque despacio los fragmentos de aquello que yo fui. Pero no era facil y probe a hacerme como yo quise: la memoria no era, por fortuna, una prerrogativa; quiero decir obligatoria. Lo supe entonces: aquello que creemos ser, y que nos constituye, constituye un obstaculo.
Objetos, como insectos: aun sueño con ellos. Atraviesan mis noches en hileras, construyendo un espacio lentamente -noche tras noche avanzan sin obstaculos- donde yo ya no quepo. Pero me reconforta saber que sigue ahi, ajeno a mi: porque se que me cuento ya entre ellos, y que con ellos atravieso el fondo de las noches
Cada mañana despierto en una casa vacia, mas pequeño cada vez.
lunes 16 de noviembre de 2009
Nueva sentimentalidad
Se que hay un lugar donde permanecemos, como hay un momento que se esta prolongando desde siempre. Conozco ese camino, lo practican aquellos que lo olvidan. Te busco porque quiero enseñarte el camino: aun no lo olvidaste, y te persigue.
Llama. Hazme real el tiempo necesario para que yo te traiga aqui, conmigo, donde las huellas animales vibran con esas cuerdas, vibran y se prolongan mas alla de la vista: donde las huellas no han dejado aun su peso, pero se inscriben lentamente y siguen avanzando, y alejandose.
Cul-de-sac
domingo 15 de noviembre de 2009
Una marea
Sube la marea y queda atrapado. Abandona el coche junto al rio circular de agua, pero apaga el motor solo cuando comprueba, mirando desde lejos, todo lo lejos que puede, que no parece que el agua vaya a subir mas.
Pasan las horas, la noche cae despacio. Se sienta en el suelo, cerca del coche. Maneja con cuidado cada uno de los cigarrillos que, con paciencia, vuelve a encenderse.
Es una forma extraña de sentimentalismo, piensa. Pero aqui y ahora, piensa tambien, no le queda otra cosa.
No es un pensamiento negativo. Es tranquilizador.
martes 10 de noviembre de 2009
Paris era una siesta
Proyectos, proyectos y la firme voluntad de llevarlos a cabo. Voluntad: es un decir. Mejor llevarlo a cabo todo como un sueño, como la prolongacion de un sueño, el sueño de una siesta, el de una siesta breve. Breve, continuada. Recuerdo ahora a Shakesperare, por todo eso del sueño. ¿Dormia Shakespeare la siesta? No, me dice Bukowski: Shakespeare nunca lo hizo.
O sea, que las ganas de trabajar se juntan con el trabajo. Trabajo: es un decir. Pero el portatil se me fastidia. Y eso no es un decir, sino, mas bien, un no poder decir; no hacerlo hasta ahora, unas horas mas tarde. Todo lo anterior se me ocurre ahora, justo antes de decir lo que queria decir: que llevo desde las cinco de la tarde delante de un portatil que se ha fastidiado y que me muestra una alarmante pantalla en azul llena de numeros y de ordenes y advertencias en ingles. Me muestra esa pantalla justo antes de apagarse. Perdon: de reiniciarse. Y volver a la pantalla en azul. Y volver a reiniciarse.
Ahi estoy yo: ahi delante. Metido en ese bucle. Asisto a el, muy quieto: hipnotizado.
Siento la tentacion de maldecir al ordenador. Pero me siento culpable de sentir tal cosa. No puedes maldecir lo que amas. Yo amo a ese estupido cacharro. No es estupido, estupido. Que culpabilidad. Deja que el se aclare: se arreglara en silencio, por si mismo.
Debo invertir la tarde en algo mas. Me pongo una pelicula en la otra habitacion, en la de arriba. Tokyo Drifter de Seijun Suzuki. Que bien pinta, justo desde el comienzo. Que grandes los primeros veinte minutos. Pero no puedo seguir ahi, ahi arriba. Pues me siento culpable. Disfruto demasiado. Ah, que: la culpabilidad. Como si no disfrutase abajo. Y vuelvo abajo.
Arriba y luego abajo. Aqui. Pruebo a encender de nuevo mi pobre ordenador. Sigue en las mismas. Y llego aqui, a este otro aqui: al viejo ordenador. El que carece de tildes. Reflejo de mi pobre voluntad. Una diccion sin fuerza.
Ies sin tildes y sin puntos, correteando histericas.
Y aqui iba a dejar de escribir todo esto, a contar por que no puedo hacerlo, pero justo entonces y no antes percibo que el gato, entre el teclado y la pantalla, se yergue muy sereno, con los ojos cerrados. Meciendose en su suave ronroneo -se mece: es literal, y puedo verlo; ajeno, asi, a todo aquello que nunca participa de su siesta. De su eterna y continua, breve y continua siesta.
Me recuerda que existe siempre una posibilidad.
lunes 2 de noviembre de 2009
Entrevista a Antonio Luque/Sr. Chinarro
(Pinche aquí para saltarse la intro)domingo 1 de noviembre de 2009
sábado 31 de octubre de 2009
No puedo dejar de escucharl@

martes 27 de octubre de 2009
Recital en la feria del libro de Murcia
Quedan ustedes invitados.
P.D.: Acabo de darme cuenta que he tachado, al subrayar en amarillo, la hora: es a las 21:00.
domingo 25 de octubre de 2009
Sigue sin anochecer en Ciudad Dormitorio
He actualizado mi otro blog, No todos los días anochece en Ciudad Dormitorio. No había puesto enlace a él hasta ahora, porque esperaba a que la historia que tengo pensada para este cyber-tebeo en construcción fuese tomando forma. Pues creo que ya lo va haciendo. Espero.
domingo 18 de octubre de 2009
La novela es un paseo: paseando por Los domingos de Jean Dézert de Jean de la Ville de Mirmont

paseando por Los domingos de Jean Dézert
de Jean de la Ville de Mirmont
La literatura es un paseo. Del mito a la ficción, y viceversa. Ubíquese la realidad en el momento del paseo que se prefiera; a gusto del paseante.
poco después. El protagonista de nuestra novela, sin embargo, determinado por “la paciencia y resignación de su alma, la modestia de sus deseos y la pereza triste de su imaginación” (pp. 24-25), “nunca realizó ningún viaje largo en sueños” (p. 25). Poco más tarde encontraremos otra curva hiperbólica del concepto “paseo” progresiva y estrictamente mental, salvajemente mental, en la trilogía de Samuel Beckett Molloy, Malone muere y El innombrable: sus personajes “pasean” de forma vicaria, a través de un bastón con el que palpan, cual los palpos de un monstruo, y para inventariarlos una y otra vez, por los objetos de la habitación donde se recluyen acostados. Jean Dézert, insistimos, es un personaje a medio camino de todas esas hipérboles; una epopeya –una más, en una encrucijada de hipérboles- del hombre corriente. “Nadie lo distinguiría entre la multitud”, citábamos. Alma hija de los tiempos de la fenomenología -heredera de la escuela de Brentano y su objetivismo psicológico-, mente que solo vive en esos actos puros; –“solamente los actos poseen un sentido”, escribirá Wittgenstein en su Tractatus-; actos puros, actos cotidianos sin hipérbole ascendente o descendente, sino instalado en la comedia y la tragedia y la comedia del hombre de su tiempo y, por tanto, atemporal.
n está el viaje al inframundo. Un inframundo que, para un escritor nacido en la era colonial, puede ser identificado con el mundo del salvaje –en estos años, Conrad escribe ese terrible reverso de esta idea en El corazón de las tinieblas, donde es el colonizador el que, en territorio salvaje, se transforma en el peor salvaje, en el horror personificado-. Antes hablábamos del western; ahora podíamos pensar en dicho género fundido con el mito del descenso a los infiernos de Orfeo y, sobre todo, con la parodia y el distanciamiento que impone la representación de la representación, ese cine de producción industrial, cuando el personaje de nuestra novela despierta de una pequeña siesta en una sala de cine, ese lugar oscuro que bien podría situarse bajo tierra, para descubrir que “unos vaqueros se estaban peleando con unos pieles rojas. Toda la sala había tomado partido a favor de los vaqueros, uno de los cuales, con toda la razón del mundo, deseaba recuperar a su novia raptada por un jefe siux” (pp. 56-57).
estro de la brumas posrománticas –y por tanto conscientes de su propio romanticismo- que habla de “esas chicas falaces” que hacen “emprender una ruta muy extraña; conviene añadir que estaba lloviendo” (p. 63). La lluvia romántica, posromántica. La modernidad y la posmodernidad. Dézert, con un procedimiento tan propio de esta última –pero ya presente en los albores de la novela inglesa post-Defoe, por ejemplo en Fielding-, muestra las costuras de su narración: “Si la lluvia hubiese empezado a caer en ese momento del día, Elvire y Jean Dézert, sin moverse del lugar, habrían proseguido tan tranquilos la conversación del domingo anterior. Pero se ha juzgado preferible, en aras de la diversidad del relato, que el buen tiempo se prolongara una hora más” (p. 84).
. Siga así, sea pueril y vana, divina y sin objeto, usted misma, digo, y consuéleme de que el cielo, en mi miseria, me haya proporcionado la conciencia de mi yo –si cabe expresarse así, en este caso” (p. 104).
Y volver a salir: salir allí afuera, pero no como los héroes clásicos, que es decir con un destino prefijado; sino “a lo que salga”, como Don Quijote. La experiencia del héroe cervantino nos convierte a todos en héroes cervantinos, esto es, en héroes al estilo quijotesco. “La experiencia es la que da arte para la dirección de nuestra vida; la inexperiencia nos hace marchar al azar[6]”, anota Miguel Candel a Polus y a Aristóteles cuando este último se refiere a su vez a Polus en su Metafísica: ““La experiencia”, dice Polus, y con razón, ha creado el arte; la inexperiencia marcha a la ventura[7]”. Pero la novela del siglo XX, como lo harán el resto de las artes occidentales, saturada por el gran peso de su propia tradición, querrá empezar de cero para experimentar por sí misma esa inexperiencia inútil siempre, por falsa en el arte –pero también inevitable, siempre, en la otra orilla, la de la vida. Volvamos a André Breton, cuando anota en su El amor loco: “Todavía hoy solo espero algo de mi propia disponibilidad, de mi sed de errar al encuentro de todo, confiado en que me mantenga en comunicación misteriosa con los otros seres disponibles como si fuéramos llamados a reunirnos súbitamente. Desearía que mi vida no dejase tras ella otro murmullo que el de una canción de centinela, una canción para engañar la espera. Independientemente de lo que se logre o deje de lograrse, lo magnífico es la espera misma[8]”.
ropio protagonista proyecta –hoy podríamos decir programa, en su acepción más robótica-, de forma inútil, convenientemente inútil, el desenlace de su propia peripecia. Añadamos otra cita más de la obra de Jean de la Ville, unos versos esta vez de su protagonista, situados al principio de la obra: “Consciente de mi oscuro papel, hasta la muerte /escribiré proyectos, notas e informes (p. 36).De la Ville parte del origen del género, con una consciencia irónica y distante -que hoy denominaríamos posmoderna- del género en el que inscribe su obra, y de la misma forma que cita a Cervantes, decíamos antes, y también el Robinson Crusoe de Defoe, la otra obra que inaugura la novela tal y como hoy la conocemos, inscribe a su personaje en la genealogía que va desde el Bartleby de Melville a los personajes de Kafka, si no al mismo Kafka, personaje protagonista de sus diarios; es decir que estamos una obra que nos sigue atañendo, eslabón abierto –“El domingo siguiente, León Durbojal le decía a Jean Dézert…” (p.117)- de una ficción que deviene mito, y por tanto inamovible, siempre pasado, para que el mito mute en la forma eternamente cambiante, presente siempre, de la ficción; esa ficción a la medida de nuestras necesidades.
[2] Robert Desnos, ¡La libertad o el amor!, trad. de Lydia Vázquez Jiménez y Juan Manuel Ibeas Altamira, Cabaret Voltaire, Capellades, 2007, pp. 79-83.
[3] Es el verso que remata el poema “El autor juzga a sus personajes”, en Carlos Pardo, Desvelo sin paisaje, Pre-Textos, Valencia, 2002, p. 11.
[4] Robert Walser, El paseo, trad. de Carlos Fortea, Siruela, Madrid, 2008, p. 72-73.
[5] Juan Filloy, Op Oloop, Siruela, Madrid, 2006, p. 214.
[6] Aristóteles, Metafísica, trad. de Patricio de Azcárate y ed. de Miguel Candel, Espasa/Austral, Madrid, 2005, nota 6, en p. 36.
[7] Ibid., p. 36.
[8] Breton, op. cit., p. 38.
lunes 12 de octubre de 2009
domingo 4 de octubre de 2009
Nadar allí
Me siento y es como si lo hiciese dando la espalda a mi incomodidad. Estoy cansado pero trato de disimularlo, tras una larga mañana de actividad frenética me cuesta no parecer desconsiderado. Rezo por no parecerlo.
Nos sentamos a una mesa, en un rincón en sombra de esta terraza junto a un valle. Una tercera persona entra en escena, una mujer que nos entrega unos informes y se sienta frente a nosotros. La luz dibuja gajos de naranjas, manchas móviles que crecen y que oscilan en nuestro campo de visión. La mujer nos conmina a estudiar los papeles. No he venido a trabajar, le digo, les digo a ambos. Justo antes he tratado de hacer alguna broma, alguna frase al azar que se ha volatilizado en el mortal silencio que solo rompe el discurrir del agua.
Nunca fui bueno con los chistes, siempre me metieron en problemas. No hacerlos fue peor: aún puedo recordarlo.
Nunca entendí nada.
Hace calor, es media tarde y no recuerdo haber visto a nadie en el pueblo, ningún habitante de este lugar que nunca he visitado hasta ahora, de camino a esta orilla del agua, de este brazo del valle, un lugar muy hermoso. Apoyo los codos en la mesa y los siento embargados por los nervios, son como terminales eléctricas, como tomas de tierra haciendo su trabajo, cargadas de trabajo; los músculos de todo el cuerpo
Mis acompañantes ríen. Llevan rato haciéndolo. Mi viejo amigo se levanta y arroja los papeles al agua. Se aleja corriendo mientras sigue la barandilla de la terraza, a veces se gira hacia nosotros y levanta los brazos, gritando algo.
-¿Puede entender lo que dice ahora? –me espeta ella, riendo todavía.
-Sí –dije riendo yo también. No entendía nada, pero las manchas seguían creciendo. Podías acostumbrarte a ese calor, a todas esas manchas en la mesa, subiendo por tus brazos. Por tu campo de visión.
Era como nadar también allí, como sentir que podías hacerlo allí, y a partir de ahí ya en cualquier parte.
lunes 28 de septiembre de 2009
jueves 24 de septiembre de 2009
Tildes, tildes, ¡tildes!
Atando a las volátiles vocales al suelo de la línea. Un cielo y luego un suelo: que sientan ambas cosas, las vocales, cuando las reconduzco a este redil momentáneo. Pasasteis demasiado tiempo con ese aspecto de bobas que da tener la boca abierta demasiado tiempo. Tanta abertura insulsa, las tildes la modulan. Alean esa fuerza. Son, con ellas, monóculos inversos. Le dan a las vocales aires de mundo y sofisticación. Le dan pautas, propósitos.
Trueno de la vocal. Que la ilumina
Yo creo que es la venganza a la que me han sometido por querer sujetarlas en periodos más estrictos. Periodos métricos. Pero ya no más, amigas. Releo lo que acabo de escribir y localizo un heptasílabo. Fuera heptasílabo.
Relámpago del orden, sé benigno.
Me acaba de salir otro endecasílabo. Pero ellas lo han querido así. A partir de ahora, son ellas quienes deciden: haced lo que queráis, hermanas.
Pastad sin sujeción, libres.
lunes 21 de septiembre de 2009
Un poema de W. S. Graham
¿Por qué elegiste este lugar
para que nos citásemos? Bien, siéntate
conmigo aquí entre esta
palabra y la de acá, mi reina en cueros.
Pero no las confundas
con lo real. Aquí,
en la tierra de Malcom Mooney,
he oído a algunos
intrusos que, a lo lejos,
gritaban. Cazadores que, temprano,
se deslizaban por el hielo
repletos de entusiasmo.
Alzando el vuelo dentro del oído,
el alarido del arpón se deslizaba
hacia la verdadera presa, la adecuada
presa para el momento.
El coro de graznidos, temeroso,
deja inclinado el témpano de hielo;
resbala entre las aguas.
Sobre los icebergs, las insensatas
voces encienden lámparas
y todos sus sonidos
hacen de este diario
un lugar que, escribiéndonos,
nos incluye a ambos.
Ven y siéntate. ¿O no
es correcto que aquí permanezcamos
mientras, allí afuera,
más allá de la tienda, los barbados
ciegos se van para calmar a sus chiquillos
a los hornos de escarcha?
¿Qué novedades hay? ¿Por qué viniste
aquí a través de los canales
de primavera que se abrían?
Elizabeth, el niño y tú
habéis estado aquí conmigo
muy a menudo, en especial
en estas últimas etapas. Cuéntale
alguna historia, cuéntale
que me crucé con un anciano
oso de azufre, y que serraba
su tronco de dormir,
atronador, bajo la nieve.
Que soplaba la luz, y que la luz volaba,
en polvo, hacia esta página
y aquí cayó su aliento fétido, en astillas;
dentro de estas palabras.
Era un buen roncador.
Elizabeth, en cueros
sobreviniste reina mía, y te senté
aquí conmigo. Te aparté
de las fatigas adecuadas.
Ahora debo hacerme a estar ya solo.
Más allá de las tiendas infinitas,
las cimas de los montes continúan
su deriva. Palabras
a la deriva sobre más palabras.
La verdadera nieve, nunca abstracta.
PS: Me gustó mucho este poeta, al que descubrí en La isla tuerta. 49 poetas británicos (1946-2006), publicado por Lumen. Releyéndolo, me asaltaba la tentación de practicar yo mismo una traducción rítmica y, por lo tanto, algo libre. Es la primera vez que intento algo así y solo he conseguido el ritmo en algunos tramos; mi inglés no da para mucho -mayor razón para el carácter algo libre de mi interpretación del poema-, y me he apoyado en el traductor original de la edición, Matías Serra Bradford, y en un uso algo imaginativo del Word Reference.
miércoles 16 de septiembre de 2009
Hallando endecasílabos en Jacques Lacan
Olvidarme de mí, ser un robot. Servir y ser -sentirme- transportado. Ir y volver, y en el trayecto tomar notas así, algo así como ésta.
martes 1 de septiembre de 2009
Pacific Ocean Blues
Los sueños deben de ser la cloaca donde acaba lo que nos sucede durante el día, se me ocurre: debo investigar esto, a lo mejor alguien ya lo ha estudiado.
Allí circulan, fluyen. Se reciclan. Siguen fluyendo.
Paso las últimas noches en tensión, despertándome a menudo y con pesadillas. Durante el día trabajo mano a mano con mi chica en la mudanza; el traslado de todo aquello que hemos acumulado en nuestra casa anterior lo simultaneamos con la compra, el traslado y, ay, el montaje de muebles y cachivaches. Mi chica se asoma entre cables, tornillos y brocas para espetarme que se me ve muy tranquilo, demasiado tranquilo. ¿No me estresa saber que debemos entregar la llave del otro piso en tres días? ¿No me estresa vivir entre dos pisos que están patas arriba, ambos? ¿No me estresa la broca funcionando noche y día?
Sí, tía. Pero va todo derecho al sueño.
Miraré a ver en el apartado de psicoanálisis, me suena que alguien dijo algo de esto. Por fin un cierto orden en los libros, que fue lo primero que trajimos y acomodamos entre estantes: un cierto orden futuro, que pospongo con placer; aunque a ratos, para descansar de la broca, ya voy haciendo agrupaciones. Se acaba el verano; ningún proyecto de maratón lectora, esta vez: sabía lo que tocaba. Me propuse leer, en torno a julio, la Historia de Genji, pero no he pasado de cien páginas; postergado queda. No me urge. Esa falta de urgencia es un placer. Empecé Nova Exprés de Burroughs, hace semana y media; por echarme al cuerpo algo breve; me quedan pocas páginas; algunas frases memorables, sí, pero no en tanta proporción como en otros libros del viejo Lee. Qué más da. Demorar, postergar una vez más.
Domingo treinta, ocho treinta de la tarde. Salgo a mi pequeña nueva terraza, me abro una cerveza, cerveza de abadía; pongo el Pacific Ocean Blues de Dennis Wilson. Septiembre es el mejor mes del verano, me digo. El sol se va ocultando en mi nuevo skyline, impregnando de color naranja el esqueleto de la gigantesca caldera de gas que tengo por vecino.
Gigante, gigante, ¿de qué me suena eso? Debo volver al trabajo. Hace unos años, exactamente hace dos casas, imaginaba en situaciones similares -el calor, el calor- un relato en el que el océano anegaba la ciudad. Me acuerdo ahora por el título del disco de Wilson. El disco sigue, fluye; como yo. By this river. Sigo fluyendo, ahora consciente del fluir. Pensando en el fluir, más que ejerciéndolo, y también. Abro el portátil: una semana sin escribir; siquiera en mi nuevo cuaderno, aquel que compré a principio de verano y que ya casi he consumido. Antes me hubiese causado desazón pensar en toda esa escritura para nada; ahora me tranquiliza: es lo que hay; pienso contarlo en un poema, tengo la idea y ya voy entrando en calor: lo estoy haciendo ahora, dadme tiempo. Ahora que el calor inmenso de la tarde se disipa despacio, con las rachas de corriente que llegan hasta aquí. Voy acabando mi cerveza, cerveza de abadía. Yoshimi viene a contarme sus cosas –una pìsta: dice “Miau” - tras la pantalla del portátil; su hocico contra ella, en ella lo restriega. Antes de terminar la frase anterior ya se ha ido al otro extremo de la mesa, a darme la espalda por la nula atención que le dedico.
Demorar, demorarse así. Más tragos de cerveza. Lentos, sin prisa. Volver a la escritura así, sin prisa. Sale Isolda con nosotros, vuelve a entrar. La mudanza ha terminado. Solo queda terminar de construir aquí nuestro pequeño hogar. Sale Isolda otra vez, para dirigirse a Yoshimi. Miau. Yoshimi pasa de ella y vuelve conmigo. Insiste tras la pantalla. Con sus cosas. Miau, etcétera.
Permitidme que las siga.
lunes 24 de agosto de 2009
Cuanto te ame, Jean Grey
Lo guardare. Y a seguir trabajando. Despacio.
Es esta la razon por la que los relatos hiper-breves han ido dejando de aparecer en esta bitacora. La mayor fuerza de gravedad de lo que se va constituyendo en masa mayor atrae de forma irremisible a la fuerza menor.
Cuanto te ame, Jean Grey. Y entre parrafo y parrafo pergeño otro dibujo mas. De ella. Otra aproximacion.
Para otra entrada, quedara.
Diferir, postergar, como acostumbro.
domingo 23 de agosto de 2009
Rostros: hoy, Bob Esponja
Todas las mañanas -concluye sr. Hueso en su analisis-, Bob se levanta de la cama de un salto y procla
lunes 17 de agosto de 2009
sábado 15 de agosto de 2009
Noticias desde el planeta Jose Daniel Espejo

Le mando un mensaje SMS a Joseda con un verso que cito de memoria de un poema que Luis Alberto de Cuenca dedicaba a Roger Wolfe: "Enviame un mensaje con tu voz". Joseda me manda por la noche un enlace con esta imagen de la izquierda, con un lema que reza debajo: You probably didn't know that David Bowie is very disappointed in you, but...now you do. And no, we don't know why.
MENSAJE EN UNA BOTELLA ROTA
Aqui estoy, aburrido como un hongo,
en la isla de siempre (la que tiene
una palmera en medio),
rodeado de tiburones,
como un naufrago de esos
que salen en los chistes.
Haz algo, amigo mio:
escribeme una carta larga y maravillosa,
llamame por telefono,
enviame una cinta con tu voz.
viernes 14 de agosto de 2009
Rostros
No lo consultare con ella ahora.
Justo antes de la siesta: lo estoy viendo.
Y luego duermo
-es como deslizarse; al otro lado
de alli donde mire´: donde las cosas me observaban).
(Y mirare´ alli dentro).
jueves 13 de agosto de 2009
Rostros
¿Lo ves ahora? Mira, aqui. Pues no.
Joder. ¿Y ahora? Ah, ahora si.
(¿Pero vas a subirlo? Recuerda, la pantalla tiene los colores jodidos. Quizas en otras no se vea.
Pues es verdad. Joder).
Enseñame, invisible
¿A donde quise ir? ¿Por que? ¿Por que persiste esta obsesion, llegar alli? Lo mismo da si acabo aqui, tras todos los intentos.
Lo olvidare mañana, cuando trate de llegar otra vez: cuando al fin duerma; alli, muy lejos, no se donde. Donde sea.
Breves pertenecientes a la misma hornada de "Enseñame, invisible"

Cuando a veces pensaba solo en eso, K. no estaba muy lejos de considerar su situacion como satisfactoria, pero siempre, despues de esos accesos de complacencia, se decia muy pronto que precisamente en ello estaba el peligro.
Franz Kafka
Breves pertenecientes a la misma hornada de "Enseñame, invisible"
Lo encuentro, y dudo: ¿dudo mi o de el?



